El rincón de Pablo: LA EDAD DORADA

El primer post del año es de mi buen amigo y colaborador Pablo Sánchez. Desde su rincón, con su post y sus dibujos, desmistifica un poco lo del tiempo pasado en aviación. 

-------------------------------------------

Es fenómeno muy propio de la condición humana el de añorar el pasado. En sus distintos “envases y sabores” ese sentimiento puede recibir muchas denominaciones: nostalgia, melancolía, añoranza, morriña, saudade… y según las dosis con las que se administre  puede incluso resultar en adicciones o incluso en patologías.  En ocasiones, ese sentimiento se expesa comúnmente con frases algo manidas como aquella de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No piense el lector que nuestro querido mundo de la aviaición –creación humana, a fin de cuentas- es ajeno al tal fenómeno. 

La historia de la aviación comercial es uno  de los ejemplos más brillantes del ingenio humano. Detrás de esa frase grandilocuente hay una evidencia, pues junto con inventos tales como la electricidad, la medicina moderna, la radio, la TV o la informática, la aviación  ha cambiado nuestras vidas de una manera radical. El comercio, el turismo, los negocios, las relaciones humanas, todo, se han visto trasformado por la influencia de la aviación, siendo la rapidez y la seguridad sus señas de identidad.  Pero como todo en esta vida,  no todos los ven así.  La aviación ya es lo suficientemente vieja como para que algunos hablen de una “edad dorada”  que habita en un pasado remoto e ideal  en el que que, como sugería en la introducción, “todo era mejor”. 

Es dudoso que los inicios de la aviación comercial puedan ser evocados con añoranza, pues sin ser barato ni seguro el volar, que no lo era, constituía una aventura en la que sólo se embarcaban los más pudientes en aviones  que no dejaban de ser bombarderos de la Primera Guerrra Mundial reciclados con asientos de mimbre y ventanas con visillos. Muy romántico desde nuestra perspectiva, pero nada seguro ya que los accidentes eran frecuentes. A bordo se servían comidas elaboradas y vinos selectos en mesillas con tapetes de encaje, pero compañeros indispensables de viaje eran cubos de aluminio con los que el pasaje podía aliviarse del malestar del vuelo inestable y ruidoso que los apartatos de la época proporcionaban. 

Ya en los años treinta, con los avances tecnológicos surgen los primeros aviones realmente modernos, fuselajes y estructuras metálicas, alas cantilever, perfiles aerodinámicos, motores más potentes, autopilotos, ayudas a la navegación, etc. Es la era de los Boeing 247, Douglas DC-2 y DC-3, o del Focke Wulf Condor, que antes de transformarse en un mal avión de reconocimiento marítimo, fue un excelente avión comercial, así como de los grandes hidrocanoas, los Clippers, verdaderos transatlánticos del aire donde el lujo era parte esencial del viaje. Es también una época de records, en la que las distancias de vuelo se amplían y  los tiempos de viaje se acortan. Y es en esta  esta época y precisamente con los hidroaviones cuando empieza a forjarse el mito de una era dorada de la aviación. Las estrellas de Holywood y los millonarios empiezan a perder el miedo a volar, relegando timidamente al tren y al barco como medios de transporte. Volar empieza a ser práctico y es una señal de estatus.

Pero la gran catástrofe de la Segunda Guerra Mundial acaba con todo esto. La aviación, decisiva en las operaciones militares, se convierte en el arma del apocalipsis y si bien nosotros tuvimos sangrientos anticipos, ahora se mostrará a una escala  inaudita:  Varsovia, Belgrado, Londres, Coventry, Hamburgo, Dresde,  Tokio e…Hiroshima.  No obstante, la misma tecnología bélica aportará avances decisivos de los que se aprovechará inevitablemente la aviación civil, de los que pueden citarse, entre otros, el radar (nacerá el control áereo moderno) y el motor a reacción. El resto de los años cuarenta será una época de reconstrucción,  donde, como soldados licenciados retornados al sector civil ( “Los mejores años de nuestras vidas” me viene a la cabeza) , volarán los aviones de transporte de la guerra, es la época del C-47 (DC-3), del C-54 (DC-4) o del C-69 (Constellation). O incluso se dará el caso de bombarderos apresuradamente transformados en aviones de pasajeros, caso del Lancastrian, verisón civil del Lancaster , en cuya  reconvertida bodega, atravesada por el larguero principal del ala, las bombas son sustutuidas por pasajeros, que “disfruatrán” de  agónicos vuelos de dos o tres días con destino a Sudamérica o Australia. No, desde luego, esto no es aún la edad dorada.  

Suele, por el contrario, situarse la “Edad Dorada” ( ahora sí, con mayúsculas) en los años cincuenta y principios de los sesenta. La tecnología de guerra se ha asentado , con el surgimiento de nuevas generaciones de aviones, más potentes y seguros, y sobre todos, más veloces. El cruce del Atlántico empieza a hacerse de manera regular, a un a fracción del tiempo que tardan los transatlánticos, que empiezan a perdrer cuota de mercado,  poco a poco al principio y a ritmo acelarado al avanzar la década. Es la era de los gloriosos Stratocruisers ( con salón de fumadores y cocktail-bar en la cubierta inferior), los DC-6 y DC-7 Seven Seas, o del mítico Superconstellation. La publicidad de las compañías nos muestra a  bellas y elegantes azafatas sirviendo manjares a sonrientes pasajeros acomodados en asientos Pullman que, al anochecer, se convertirán en mullidas camas. Los aeropuertos se vuelven sitios chic  y en sus terrazas se instalan cafeterías de moda. Los grandes modistos internacionales diseñan los uniformes de las azafatas. Y con los Boeing 707, DC-8, CV-880 y 990, Caravelle … la cosa irá a más (dejo al pobre Comet en paz, que ya les he mandado recado antes a los british). Ahora, cercanos a la barrera del sonido y a 30.000 pies, el viaje se hace aún más placentero y deseable.  Si volar ya era señal de estatus, ahora lo es aún más:  nace  la Jet-set.  The sky is the limit.

Según esa narración, la “Edad Dorada” acabará cuando a mediados y finales de los sesenta, con la aparición y popularización de los vuelos charter a destinos turísticos empieza a vulgarizarse, hasta desaparecer, el placer del viaje en avión. Con la desregulación en los 80 los precios irán cayendo, un anticipo de la eclosión del Low Cost de los años futuros. Una compañía, cuyo nombre no mencionaré, pero que a todos nos viene a  la cabeza, personifica esa evolución.  Dejo a Manolo ,experto  también en esta materia,la explicación técnica del negocio aéreo y su  transformación desde un sector fuertemente intervindo y regulado a su condición.  Yo  sólo voy a quedarme con la muy poderosa imagen –negativa- que tenemos en la actualidad de los aviones embutidos de pasajeros, en donde ya te cobran de más por decir “buenos días” o en donde te expropian por unos cacahuetes que rechazaría un mono hambriento. Y unos aeropuertos que, con la seguridad extremada fruto del maldito terrorismo, con sus registros y escáneres compiten con el más riguroso de los penales.  O en los que llegar a éllos, transitar y facturar( rogando para que no pierdan o aplasten  el equipaje)  puede ser en sí toda una aventura. Y los aviones, qué decir de los aviones. Frente a las bellezas de antaño, hoy, más que nunca, son “airbuses” en los que cuesta distinguir un modelo de otro, todos ellos uniformados en su vulgaridad.

Sí, es cierto, todo esto puede llevarnos a un estado de melancolía y  añorar otras épocas donde todo era más sencillo y más bello. Pero dejemos que un hipotético viajero de aquella época nos cuente la historia de otro modo:

“Ah, el viaje en avión. Un Superconstellation de la TWA, o de Ibería, qué más dá. El más hermoso de los trimotores, con sus temperamentales Wright R-3350 Turbocompound atronando las 20 horas de vuelo a través de la cabina, con su bella melodía es imposible hablar si no es a a gritos y  dormir, bueno … mejor lo dejamos. Y qué comida, buena y bien servida, pero el puñetero avión, que vuela por “debajo del tiempo”, no deja de agitarse,  parece que el estómago anda algo revuelto y creo que voy a pedir el cubito de aluminio porque las bolsas de papel que reparten esas azafatas tan elegantes ya no dan de sí. Esto se hace eterno, aún quedan varias horas para aterrizar en… Gander, con el frío que hace allí, pero es que el trasto éste, con lo que traga,  no llega a Nueva York sin repostar a medio camino. En fin , cosas que tiene el glamour. Por cierto, el 707 tampoco llega sin paradita en Terranova. El billete ha costado una verdadera fortuna, y quizás para los pudientes sea soportable, pero para el resto de los mortales es inasumible. Igual nos tocará viaja la próxima vez en tercera en uno de los mal llamados transatlánticos, aunque tardemos diez dias en llegar a destino”.

Si no hubiera sido por la vulgarización, mucha gente no habría podido ir de vacaciones, y el turismo, y los paises que vivien de él, no se habrían desarollado (¿os suena alguno de esos paises?), creando una industria que, pese a todo, ha dado de comer a mucha gente. Sin los billetes baratos, aun a costa de viajar apretados y comer mal , no habríamos podido ir a ver a la novia, a nuestros padres o a nuestros hijos, o éstos no habrían podido viajar ni ir a estudiar al extranjero. O cerrar negocios (no todos tienen un Learjet o un G-550 a mano) que requerían de nuestra presencia a pie de obra en la otra punta de Europa (o en  los EE.UU por 200€, menos que alguna comilona). Lo de los accesos, la  seguridad y demás cuitas aeroportuarias ahí están,  pero como decían las abuelas, “no hay mal que cien años dure”(lo cual es una manera de decir que no tengo ni idea de cómo se puede mejorar ésto, quizás Manolo nos pueda dar luz…). Y lo de los aviones. Sí, es cierto que se parecen todos entre sí, la aerodinámica y la eficiencia mandan,  pero la belleza está también en el interior. Además de tripulaciones y pilotos bien entrenados llevan los motores más eficientes de las últimas décadas y la electrónica que los gobierna haría palidecer de envidia a una nave especial. Y son seguros. Un dato: el año 2019 fue el tercer año más seguro en la historia de la aviación. Así que, entre que vuelen más o menos bien unos pocos y que vuelen muchos razonablemente bien ( o razonablemente mal, dirán los cínicos) ¿qué elegís?   

Ese último párrafo, en otro año más o menos normal, habría sido el último de la entrada, pero está escrito en los últimos días del malhadado 2020, de modo que las cosas cambian un poco. Así que le añado unos párrafos más.

 El primer añadido.  A nadie se le escapa que la aviación comercial ha sido uno de los vectores, puede que “el vector”, en singular, de propagación de pais a pais de la peste que nos asola. Pero sería injusto atribuirle el mal a ella, del mismo modo que sería injusto echarle la culpa a la navegación marítima de la extensión de la peste negra en el siglo XIII. Son, nada más y nada menos, que medios de transporte; quizás en la Edada Media la ignorancia fuera una buena explicación, aunque ya entonces estaban inventadas las cuarentenas; ahora, si hubiera culpas, quizás deberían buscarse en otro sitio.  Es dato contrastable que los medios de protección a bordo de los aviones, incluido sus sistemas de ventilación y climatización, han contribuidio a  que los contagios en los aviones sean mínimos. El titular del blog ya ha escrito en él cosas muy documentadas al respecto. 

El segundo. El lector avispado ya habrá advertido que todo lo dicho no deja de ser una descarada oda a  la aviación comercial, lo cual es rigurosamente cierto. Pero ha de servirme, además, de pretexto para intentar transmitir un mensaje optimista a propósito de la historia narrada, tratando de desmontar esos mitos de pretendidas “edades doradas”, con la esperanza, casi certeza, de que después de tiempos difíciles vienen otros mejores. Por eso estoy absolutamente convencido de que más pronto que tarde todo esto que estamos viviendo será un mal sueño y que los aviones segurián llenando el cielo (mal que les pese a algunos, un saludo a Greta si me está leyendo) y llevando a la gente de un sitio a otro. 

  Bueno, y como no hay dos sin tres, otro párrafo para dejar dos cosas claras. Una, que yo también soy lo bastante viejo como para poder añorar las terrazas de los aeropuertos: no poder tomar chocolate con churros (o lo que se tercie) viendo aviones, eso sí que es una pérdida. Y dos, ninguna compañía me ha pagado por escribir esto. De momento. Pero ahí lo dejo, Sr. O ´Leary. 

¡Feliz año nuevo al titular y a todos los lectores del Blog de la Gran Avutarda! 


Comentarios

  1. Don Pablo, me quito el sombrero ante usted... verdades como puños con un suave sentido del humor: "el más hermoso de los trimotores...", "Racanair", etc. son unas auténticas perlas que me han hecho pasar un muy buen rato.
    Gracias a usted y a Manolo, que tengan un feliz 2021.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Neumáticos de avión: mucho más que caucho

Algunas aplicaciones del principio de Bernouilli

El organigrama de una empresa de transporte aéreo