sábado, 6 de agosto de 2016

Reseña de libros: Piloto de Stukas

Hans-Ulrich Rudel (2 de julio de 1916 – 18 de diciembre de 1982) fue un famoso piloto de Stukas que en 1949 escribió este libro autobiográfico donde narra sus vivencias. Hans quiso desde muy niño ser aviador, el destino de su país hizo que el joven Hans se alistara en el ejercito. Después de una etapa de formación irregular, adquirió el grado de subteniente cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar la contienda Hans había adquirido el grado de coronel de la Luftwaffe. 

Según sus instructores, no se encontraba entre los individuos mas dotados para el pilotaje, no pasaba de ser un piloto mediocre. Le hubiera gustado pilotar un avión de caza pero tuvo que adaptarse a los Stukas, bombarderos que, al principio le parecieron pesados y poco manejables. 

No obstante, en ellos realizo 2.530 vuelos de guerra, con el resultado de la destrucción de 500 tanques rusos y el hundimiento del acorazado Marat. Al final de la guerra acabó con la única pierna que le quedaba escayolada. Fue el soldado mas condecorado de Alemania. Rudel fue poseedor hasta su muerte de la más alta condecoración alemana de su época: La Cruz de Hierro con Hojas de Roble en Oro, Espadas y Diamantes del Tercer Reich.

En su hoja de servicios oficial se le adjudican 2,530 misiones de combate en las que reclamó la destrucción de: 519tanques soviéticos, el acorazado Marat, dos cruceros menores, nueve aviones enemigos, 150 baterías antiaéreas, 70 lanchas de desembarco, incontables puentes, líneas ferroviarias y cientos de embarcaciones fluviales de transporte militar hundidas, éstas últimas en Stalingrado.

La Luftwaffe le atribuye el hecho de haber sido derribado 30 veces por la artillería antiaérea enemiga sin ser abatido por un caza enemigo. Apodado en la Alemania nazi el “Águila del Frente Oriental”. Su lema principal era: "Solamente está perdido, el que se da por vencido".

De una página del libro: ...Picamos, el uno detrás del otro, en un ángulo que debe oscilar entre los 70 y 80 grados. Ya el «Marat» se encuadra en el visor, se agranda, se hace enorme. Todos sus cañones están apuntados directamente a nosotros y tenemos la impresión de precipitamos hacia un muro de fuego. Tanto peor, hay que pasar; si lo conseguimos, la infantería no se verá detenida a lo largo de la costa y pagará menos caro cada pulgada de terreno. De repente abro desmesuradamente los ojos: el aparato del capitán, del que estoy separado por sólo algunos metros, parece que literalmente me deja en el sitio. En pocos segundos lo veo ya lejos. ¿Es que en el último momento ha recogido los frenos para llegar más aprisa abajo? Naturalmente, lo imito de nuevo; a toda velocidad me precipito sobre la cola del avión delante de mí. Y entonces me doy cuenta de que mi avión es más rápido y que no puedo hacerme con él. En el instante de alcanzar a mi jefe percibo, justo delante de mí, la figura lívida del subayudante Lehmann, el ametrallador del capitán. Cree que de un momento a otro mi hélice cortará el timón de su aparato. Con toda mi fuerza empujo la palanca para acentuar mi ángulo de caída; debo de estar casi vertical. Un sudor glacial se desliza por mi espalda. El avión del capitán está exactamente debajo del mío. ¿Pasaré sin tocarlo, o iremos los dos a abatirnos en llamas?... 

Otro pasaje: ...Hecho curioso: la idea de rendirme pasivamente ni siquiera cruza por mi mente; en lo único en que pienso es en escapar, aunque sólo tenga una probabilidad entre cien de conseguirlo. En ningún caso quiero ser prisionero de los soviets; se pondrían muy contentos de tenerme. Prudentemente, vuelvo la cabeza para ver si detrás de mí la vía está libre; en seguida los tres rusos sospechan algo y uno de ellos mi grita “¡stoy!” (¡alto!). Tanto peor, me bajo bruscamente al mismo tiempo que giro sobre mis talones y me pongo a correr, zigzagueando sin cesar. A mi espalda se oyen tres detonaciones simultáneas y en seguida la metralleta empieza a escupir sus ráfagas. Siento un dolor lacerante en la espalda, pero continúo corriendo como una liebre, siempre zigzagueando; alcanzo la cima de una colina mientras las balas pasan silbando a izquierda y derecha. Los rusos me persiguen con una tenacidad desagradable: corren, se paran para tirar, vuelven a correr, se paran otra vez, disparan y no me atinan. Nunca hasta ahora había hecho un “sprint” parecido; es una pena que no haya un cronometrador en los alrededores, estoy ciertamente a punto de batir el record de los 400 metros. A cada paso, la sangre brota de mi espalda, debo luchar contra el desvanecimiento; un negro velo cruza ante mis ojos, aprieto los dientes diciéndome que el destino abandona sólo a aquellos que se abandonan a sí mismos...

Un libro entretenido para todos aquellos a los que les apasione leer las vivencias de los aviadores que vivieron la II Guerra Mundial. No muy elegantemente escrito (a Hans le dieron medallas por buen piloto, no por escritor), pero si muy verídico, este libro proporciona una idea de como fue el frente oriental visto por un aviador alemán. Una barbaridad que el propio Hans rememora desde la cabina de su Stuka. 

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