martes, 2 de junio de 2015

Por qué los aeropuertos sacan lo peor de nosotros


Además de las esperas, las colas y los retrasos, connaturales al medio aéreo, los viajeros somos expertos en hacerle la vida un poco más difícil al resto del pasaje

Hacer cola ante la puerta de embarque antes de que esté designada, el grupo que quiere viajar junto y hace moverse a todo el pasaje, la guerra del reposabrazos y el respaldo...
Largas esperas en la terminal que dan para visionar la saga 'Star Wars' al completo (y aguardar al estreno de la séptima entrega), colas para facturar que no envidian nada a una operación retorno de Semana Santa, máquinas de autochecking menos funcionales que un chubasquero de lana, aseos tan escondidos como el Santo Grial, salas de fumadores del tamaño de una tienda de campaña (eso cuando las hay)... Sí, los aeropuertos hacen que nuestra paciencia ante un viaje se agote más rápido que la batería del móvil en una conversación entre dos enamorados.

Pero muchas veces somos nosotros mismos, o nuestros compañeros de viaje, los que hacemos que la frase 'disfrute del vuelo' suene a broma irónica. Allá van algunas de las 'trampas' en las que caemos (o en las que hacemos caer a los demás).


La hermandad de los 'agonías'

Ya antes de embarcar, ocurren sucesos paranormales que nos inquietan. Sentados en la sala de espera, observamos cómo de repente un viajero,aparentemente normal, se aproxima al mostrador de embarque incluso antes de que el personal de la aerolínea haya hecho acto de presencia. Da igual que el vuelo, pongamos, parta en una hora. Este tipo de personas son atraídos por una fuerza poderosa que les hace desear ser los primeros en franquear la puerta que les lleve a ese pasillo oscuro con destino a su asiento. Y lo más aterrador: el efecto mimético que produce.



Maletas de choque

Junto a la lista de objetos no permitidos a bordo o el cartel de prohibido fumar, las autoridades deberían recordar una máxima nunca respetada: se debe guardar la distancia de seguridad en la fila de embarque. Al menos, para evitar que la tos del compañero de atrás le empañe las gafas. Y, sobre todo, para prevenir que las maletas se conviertan en trenes de mercancías que arrasen niños, juanetes y la paciencia de todos.

Silogismos de equipaje

Proposición 1: si su maleta ha pasado la puerta de embarque, guarda las medidas reglamentarias.Proposición 2: si guarda las medidas reglamentarias, debería entrar sin problemas en los compartimentos habilitados a tal efecto. Conclusión: Aristóteles nunca viajó en avión. No se preocupe: puede rememorar su vida segundo a segundo (para cuando se decida a escribir su biografía) mientras espera de pie a que sus compañeros de viaje guarden su equipaje y ocupen su asiento.

P.D.: Si los primeros en entrar en cabina son los cofrades de la hermandad de los 'agonías', ellos son los que producen el caos... ¿Es ése su placer inconfesable?



El juego de las sillas

Una vez guardado el equipaje, tendrá algo que celebrar:perder de vista las maletas. Pero siempre encontrará grupos más o menos numerosos (de dos a cinco personas, por lo general) que se empeñan en mover a todo el pasaje con tal de sentarse juntos. Da igual que el vuelo dure 40 minutos o siete horas. Ellos querrán sentarse juntos caiga quien caiga. Así arranca el juego de las sillas, difícil de evitar, pero no imposible....



Víctima del pasillo

Su equipaje en el maletero. El pasillo despejado de polizones. Al fin, puede sentarse... ¿Descansar? Mire su billete. ¿La suerte le ha deparado el asiento del pasillo? Despídase de ese sueño reparador o de una plácida lectura. Seguramente, su compañero de la ventanilla necesitará guardar el abrigo a última hora en el compartimento de equipajes, ir al baño un par de veces, coger los chicles olvidados en el bolso de mano, pedir una manta a la azafata.... O todo a la vez. Por no hablar del resto de la tripulación: cada vez que se levanten, inexorablemente, se estrellarán contra usted. Incluso las azafatas con 15.000 horas de vuelo.

La guerra del reposabrazos
Si los hados le han alejado del pasillo, no cante victoria. Hay pasajeros que, una vez sentados, se reencarnan enuna suerte de Hitler allá por 1939. El reposabrazos se convierte en un territorio a anexionar donde sólo uno saldrá vencedor. Para entonces, se desencadenará una guerra sin cuartel, hasta que uno de los dos ceda. Pero no sólo cuide sus flancos. Desde el norte, puede que su compañero de enfrente desee probar si su butaca es capaz de convertirse en cama, reduciendo su habitáculo al tamaño de una caja de cerillas.


Sinfonía a 30.000 pies de altura

Puede que haya dado su reposabrazos por perdido, que se haya acomodado al espacio vital de su compañero de enfrente, que encaje con dignidad los golpes del pasillo... Pero ahí no acaba todo. Aún en lontananza, existen una serie de viajeros con un afán claro: hacerse notar.

Los hay de todos los tipos. Sin diferencia de nacionalidad, sexo, edad o equipo de fútbol. El soñador profesional, aquel que ya ronca incluso antes de que la azafata comience las explicaciones de seguridad. O los que tienen el gusto de almorzar un megáfono y dejar al aire sus buenos pulmones durante todo el viaje. Aunque existe una especie, la más peligrosa, que no atiende a razones: los niños. Da igual que se encuentren en la última fila y usted vuele en business. Los oirá. Y no podrá hacer nada. O quizás sí...

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